El niño en la primera infancia no es un ser indefenso que está exento de toda tarea, ni un adulto completamente maduro al que se le exige dominar y completar la disciplina. Más bien, es un ser humano suave y en desarrollo, cuyas capacidades florecen y se fortalecen gradualmente según lo que se le pone a disposición en una atmósfera sana y equilibrada.
El niño en la primera infancia no es un ser indefenso que está exento de toda tarea, ni un adulto completamente maduro al que se le exige dominar y completar la disciplina. Más bien, es un ser humano suave y en desarrollo, cuyas capacidades florecen y se fortalecen gradualmente según lo que se le pone a disposición en una atmósfera sana y equilibrada. Y una familia consciente, caracterizada por la preocupación y la sabiduría.
El niño en esta etapa posee verdaderas capacidades innatas, pero aún se encuentran en proceso de formación, por lo que se fortalecen mediante un entrenamiento paulatino, buenos modelos a seguir, cuidados constantes, gentileza y paciencia, motivación y aliento, y sentimientos de amor, ternura y aprecio.
Si bien está debilitado por el abandono y la indiferencia, por la impaciencia y las prisas por recoger los frutos antes de tiempo, también se desvía por la crueldad, las amenazas, la represión, los malos tratos y los castigos exagerados e incomprensibles.
Por lo tanto, comprender las capacidades del niño, apreciar sus límites y utilizarlas bien es una base indispensable para cualquier educación racional.
Quizás una de las cosas más peligrosas en las que caen los educadores cuando tratan con niños de esta etapa son dos aspectos contradictorios:
Uno de ellos: Subestimar las capacidades del niño y tratarlas como si no existieran, provoca que el niño desarrolle una tendencia a depender de los demás, tener poca confianza en sí mismo y evadir responsabilidades.
Y el otro: Expectativas exageradas, de modo que el niño sea tratado con dureza y cargado con lo que no puede soportar. Si no es capaz -y debe ser incapaz-, la frustración se apodera de él, su miedo al fracaso se fortalece y su miedo a intentarlo y asumir responsabilidades aumenta.
Entre estos dos extremos se encuentra la educación racional, que se basa en una comprensión precisa de las capacidades del niño, el equilibrio en su empleo y un seguimiento continuo, paciente y gradual para arraigarlas y desarrollarlas.
Quizás las más destacadas de estas habilidades que posee el niño en esta etapa sean:
1. Aprender observando e imitando:
La imitación es la habilidad más fuerte del niño en la primera infancia. No espera una explicación para comenzar a aprender, sino que capta el comportamiento y la escena en todos sus detalles tan pronto como la observa, y luego comienza a simularla automáticamente. Esta es la razón por la que el comportamiento del niño está determinado por lo que ve repetidamente en su vida diaria más que por una guía verbal directa.
Por lo tanto, dar buen ejemplo, proteger al niño de ambientes negativos y tener cuidado de no exponerlo a situaciones indeseables u observaciones anormales son una base indispensable para su educación normal.
2. Habilidad lingüística:
El niño tiene una gran capacidad para recibir y comprender el lenguaje antes de poder utilizarlo. Entiende más de lo que habla y almacena vocabulario antes de poder utilizarlo bien y emplearlo en contextos expresivos completos.
La capacidad lingüística del niño se desarrolla en esta etapa a través de un ambiente tranquilo y conversacional, basado en la escucha repetida, la estimulación y la interacción positiva con cualquier intento de progreso, y la paciencia sin fruncir el ceño ni aburrirse. Por otro lado, se debilita por presiones, amenazas o castigos, discursos forzados y correcciones frecuentes que resultan estresantes para el niño.
3. Aprender por experiencia y juego:
El niño en esta etapa no aprende con conceptos abstractos, sino con la práctica directa y la experiencia sensorial. Aquí es cuando sostiene, experimenta, comete errores, repite, sube y baja, abre y cierra, a través de esto construye su comprensión y percepción de los límites de las relaciones entre las cosas que toca o ve.
Por lo tanto, el juego mezclado con experimentación, diversión y emoción es uno de los medios más eficaces de educación y métodos para desarrollar habilidades, mientras que la educación abstracta pierde su efecto en esta etapa, por muy bien presentada y excelente que sea su presentador.
4. La capacidad de relacionarse emocionalmente:
El niño tiene una alta capacidad para construir vínculos emocionales profundos con sus padres y cuidadores. Cuando esta capacidad crece en el marco de una relación segura, alegre y conjunta que no se ve afectada por la satisfacción y el descontento, el bien y el mal, crece con ella la confianza en uno mismo, así como la tranquilidad que ayuda a la capacidad de aprender y a la interacción social positiva.
Sin embargo, si el niño crece en un ambiente duro o negligente, su ansiedad aumenta, sus emociones se intensifican y su miedo se multiplica, debilitando así -con la acumulación de situaciones y el paso del tiempo- su salud psicológica.
5. Aprender valores y moral:
En esta etapa el niño no tiene una conciencia madura, pero sí un sentido común que le permite captar valores positivos: una acción u omisión de la realidad vivida. No entiende la honestidad y la honestidad en una definición abstracta, pero las absorbe cuando las ve en la realidad como una práctica repetida y coherente con su naturaleza. No comprende el significado de mentir, hacer trampa y robar, pero aprende a rechazarlos cuando los ve como comportamientos marginados en su sociedad.
Por lo tanto, la formación moral en la primera infancia se basa principalmente en el buen ejemplo, la práctica correcta repetida y controles valiosos que gobiernan el comportamiento del niño y de los miembros de su entorno, en una atmósfera alentadora, no en simples sermones o advertencias.
6. Formación en disciplina conductual:
A pesar de la debilidad de la autodisciplina en esta etapa y la tendencia del niño hacia un habla excesivamente desequilibrada, un movimiento excesivo y la manipulación de todo lo que lo rodea, el niño en esta etapa tiene una clara capacidad para practicarla gradualmente, a través de la repetición silenciosa, el estímulo continuo y el establecimiento de límites para acciones y respuestas aceptables, siempre que sean límites justos, controles fijos y caminos claros, al tiempo que se acepta el error como parte del proceso de aprendizaje.
Por lo tanto, vemos claramente que esta capacidad está corrompida por la crueldad repulsiva y por la fluctuación de los padres al definir los conceptos de bien y mal y las escalas de aceptación y rechazo. También está corrompido por la indiferencia y la indulgencia excesiva que no crea un hábito, no inculca valores y, en primer lugar, no practica la educación.
7. La capacidad de imaginar y crear:
La imaginación del niño en esta etapa es amplia, vivaz, renovada, integral y abierta, y es una de sus mayores fuentes de creatividad y las bases para ampliar el pensamiento y la resolución de problemas más adelante. Se mejora con actividades prácticas como dibujo, cuentos, actuación, juego imaginativo y visualización diversificada. Por otra parte, suprimirlo – con el pretexto de establecer un realismo temprano, atraer al niño hacia la seriedad y evitar que mienta – limita enormemente el desarrollo del pensamiento del niño y mata su creatividad en su infancia.
8. Tendencia a la religiosidad conductual:
El niño tiene una predisposición innata a la religiosidad, que se fortalece mediante la observación y la imitación; Por lo tanto, lo encontrarás imitando la oración, sosteniendo el Corán, deseando ayunar, disfrutando del recuerdo, complacido en compartir buenas obras y siendo bueno en apariencia y comportamiento, sin darse cuenta de los significados o propósitos. La religiosidad en esta etapa es una preparación emocional y conductual, construida con el ejemplo, una atmósfera tranquila de fe y el quererse del Dios Misericordioso, no con asignaciones y órdenes.
En conclusión: Las habilidades que un niño porta en su primera infancia no aparecen todas a la vez, ni se construyen mediante presiones o amenazas. O apresurándose a cosechar, más bien, crece en un ambiente que quiere desarrollar la habilidad, se preocupa por estar cerca del niño y mejorar la relación con él, alaba su mejora gradual y tiene en cuenta los fundamentos innatos sobre los cuales Dios lo creó.
Cuando estas habilidades se dirigen con bondad, paciencia y sabiduría, sus habilidades crecerán en su curso natural, y cuando se manejan mal, la estructura se perturba y la madurez se retrasa. De ahí surge la educación racional: conciencia del escenario, y confianza en que cada facultad tiene su tiempo, y el entorno adecuado en el que puede utilizarlo.
Oh Dios, inspíranos para guiarnos en la crianza de nuestros hijos, concédenos una visión para comprender su naturaleza, mejora nuestra descendencia para nosotros y haz de ellos la niña de nuestros ojos en este mundo y en el más allá.
Dios es la guía